Zaragoza y la conexión aragonesa con el pueblo francés de Santa Engracia y sus misteriosas tumbas

Por Ángel Briongos

Santa Engracia le envuelve el misterio, y para que no queden dudas les haremos partícipes de la insólita relación existente a partir de la oculta simbiosis entre el templo dedicado a ella, en Zaragoza, y el de un pueblecito francés que ostenta el honor de poseer idéntico nombre que el de la santa. Pero para acabar de complicar aún más el enigma, unas extrañas y desconocidas tumbas discoidales aparecen en la escena sin que nadie conozca realmente a quiénes pertenecieron, ni la categoría o rango de tan incógnito enterramiento.

Cuando el espectador observa el interior de la iglesia de Santa Engracia, no nuestro templo zaragozano, sino el del humilde pueblecito francés, podrá comprobar que los textos del Vía Crucis están escritos en un lenguaje similar al euskera. Este hecho apenas significativo es clave para arrojar luz al misterio. ¿Por qué? Porque el enclave geográfico queda encuadrado perfectamente en el país vasco-francés, único lugar del mundo donde se da este tipo de tumbas. La fábrica primitiva de su iglesia podría datarse en época románica, tal vez del siglo X, sin embargo, las extrañas lápidas discoidales de su cementerio sugieren la existencia de un culto anterior al cristianismo, probablemente celta.

El físico ya retirado D. Miguel Álvarez Garós ha investigado el asunto: «En nuestro examen visual de la nave central se ve perfectamente pintada en la pared una guapa joven con el título, debajo, de Santa Engracia». Aunque el fresco reproducido en la pared es una copia, el original se encuentra debidamente custodiado en un museo del obispado francés. «En el trabajo efectuado hace algunos años –continúa Miguel– pudimos comprobar por los viejos del lugar una tradición antiquísima que trataba de buscar la protección de la santa para sus ganados; para ello –explica– los habitantes del pueblo francés de Santa Engracia nos confirmaron que cada año realizaban una peregrinación a la iglesia zaragozana del mismo nombre».

La hipótesis de trabajo con la que cuenta este físico metido a antropólogo tiende a considerar a la santa como «un recuerdo que el sincretismo cristiano aceptó de tradiciones celtas anteriores», reflexiona Miguel que hace una curiosa relación entre las tumbas discoidales y Santa Engracia: «Este tipo de sepultura –me instruye– solamente existe en pleno corazón del territorio celta que, como sabes, llegaba hasta los tres ríos: Ebro, Gállego y Huerva, que son los límites considerados como la frontera natural entre la España celta y la íbera. Por ello –concluye Miguel– valdría la pena replantearnos el mito de que la santa fue ajusticiada en el siglo IV por Daciano y centrarlo más en el contexto histórico de la mitología celta».

A este respecto el origen etimológico del nombre de la santa, Andere Santa Gratia, no sería el que aparenta a primera vista, es decir, Dama o Señora de la Santa Gracia, sino que vendría a corresponderse con la Virgen María: la Santa en Gracia, la virgen embarazada para entendernos.

Pero ahondando todavía más en nuestro pasado y considerando el salto sincrético del cristianismo primitivo –que toma como propias las deidades de otras culturas y las transforma a su antojo para su provecho– la misteriosa Señora no sería otra que la deidad femenina celta por excelencia, es decir, la madre de todos, la Madre Tierra, la Gran Dama celta…

¿Qué relación secreta, hoy ya perdida, existía entre el pueblo francés y el primitivo templo dedicado a la santa y que el Papa Juan Pablo II lo elevó a la categoría de Basílica? ¿Acaso las extrañas lápidas francesas representan la resurrección a través de sus símbolos solares, la cruz y el círculo, como queriendo clavar el sol en la tierra para fecundarla y dar nueva vida al difunto? Tal vez la respuesta se halle dispersa entre los cuatro o cinco cementerios diseminados por la geografía de Guipúzcoa que, como arcanos seculares, conservan unas estelas funerarias sospechosamente idénticas a las del pueblo francés. Quién sabe, a lo mejor tratan de recordarnos la manipulación sufrida por el hombre a lo largo de toda la historia.

Ángel Briongos Martínez

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